
Muy poco, basta con dar un volantazo (tal vez incauto o no), intercambiar un par de mentadas de madre (sea vocalizado o con el sonido del claxon) y el cruce de miradas entre conductores.
Esto fue suficiente para que un taxista, quien además de perseguir a su detractor, se paró frente a una construcción para agarrar la piedra que mejor se amoldó entre sus manos y continuar su caza con una sonrisa psicópata.
